Copyright: Estos personajes fueron creados por las sobrecargadas mentes de TN y Adovate. Copyright © 2001 by T. Novan, Advocate. Todos los derechos reservados.

Contenido sexual: Lo hay en la obra y es entre dos mujeres. Si tienes menos de 18 años o este tipo de ficción es ilegal en tu zona, por favor múdate. Esta historia se escribió sólo para una audiencia adulta.

Comentarios/Feedback: Tnovan@aol.com y advocate8704@yahoo.com

Comentario de la traductora: Tengo que decir que aunque el fiction parezca un poco raro o aburrido al principio, luego se vuelve muy interesante y bonito. No os dejéis llevar por el comienzo o por vuestra primera impresión. A mi no me hacían mucha gracia los Uber, a parte de los de Dar y Kerry, pero este está al mismo nivel que esos o incluso por delante. Por eso quería compartirlo con vosotros. Espero que os guste.

Para cualquier comentario de la traducción o de cualquier aspecto del fanfic, escribidme a: castellana26@hotmail.com

:: SEÑORA PRESIDENTA ::
(MADAM PRESIDENT)

T.Novan y Advocate.
Traducido por Gabyxena.

Viernes, 6 de noviembre

Su fuerte y sudoroso agarre al apoyabrazos del sillón se hizo aún más fuerte, lo que le produjo un intenso alivio. Si pudiera, se mordería el labio inferior. Pero no podía. En este momento todo lo que podía hacer era repetirse: Voy a estar bien. Estoy bien. Puedo hacer esto. ¡Hasta los niños pueden hacer esto, por el amor de Dios! Ante el sonido de unos pasos, giró la cabeza repentinamente, arrugando el babero blanco de papel que tenía atado alrededor del cuello. Sus ojos grises se abrieron de par en par. ¡Oh no, alguien viene! ¡Será él!

—¡Hola! ¿Hay alguien en casa?— bromeó una voz alegre justo un segundo antes de que una cabeza calva, rodeada de un poco de pelo blanco, se asomara por la puerta entornada. —¡Hola!— El hombre sonrió a la asustada mujer y entró felizmente en la habitación. —Soy el doctor Cardozo, y eso quiere decir, que usted debe de ser… — Discretamente, mientras se ponía un par de guantes, ojeó la ficha de su paciente, ya que había olvidado su nombre. Agitando ruidosamente el segundo guante, escudriñó la información de su paciente que su asistente había resaltado con fluorescente rosa.

Lauren Strayer

Enfermedades sanguíneas: ninguna reportada

Ultimo chequeo: 12/12/14

Evaluación del paciente: Quejas por dolor crónico en…

Levantó la vista del expediente y miró a Lauren, —Señorita Strayer, cuando estuvo aquí la última vez, debió entender mal las instrucciones de mi colega. El tiempo entre chequeo y chequeo es de seis meses, no de seis años.

Su frase era un intento de regañina y Lauren asintió, pero entornó los ojos. Imbécil, pensó enfadada. Sólo vengo aquí porque está cerca de mi casa. Un comentario estirado más, y me cambio de consulta.

El doctor Cardozo observó un pequeño diagrama de una boca humana, donde una X marcaba la muela del juicio inferior izquierda. Frunció los labios durante un momento, y mientras dejaba el gráfico empujó un taburete hacia Lauren.

—Bien, ahora vamos a ver lo que tenemos.— Cogió de una bandeja llena de instrumental un pico plateado muy brillante y lo dirigió a la boca de Lauren, la cual ya estaba completamente abierta, sostenida por un extensor de mandíbula que había sido colocado por la enfermera que la había preparado. Con sólo una mirada, la enfermera había sabido que esa muela iba a ir fuera.

Unos ojos como platos y muy aprensivos, siguieron la herramienta mientras esta se acercaba hacia su objetivo. Cuando estaba a un par de centímetros de la boca de Lauren, ella sacudió la cabeza involuntariamente.

El dentista exhaló cansado —Venga Srta. Strayer, esto es solo un chequeo.— Él mantuvo el pico para que ella lo viera —Sé que le debe estar doliendo. Su mejilla está toda hinchada y enrojecida.— Un dedo frío se posó en la zona en cuestión y Lauren hizo una mueca de dolor gruñendo afirmativamente.

Ella miró al doctor enfurecida, pero, sabiendo que estaba en lo cierto, se volvió hacia él con la boca totalmente abierta. Tampoco es que tenga ninguna otra opción con esta cosa sujetándome la mandíbula y abriéndomela como si fuera un buzón de correos. Él, inmediatamente hizo un ruido siseante que ella interpretó correctamente como que algo iba mal, muy mal.

—Es necesario quitarla.— Le dijo sin rodeos. Y, aunque no hacía lo que iba a hacer muy a menudo, pensó que con esta paciente haría una excepción. Por esa razón, aún mantenía esa vieja máquina. —Esto ayudará.— Alcanzó una boquilla a la que puso una mascarilla momentos antes de situarla sobre la boca y la nariz de Lauren. —Respira normal.

Ella pareció asustada durante un momento, entonces recordó que de pequeña le habían administrado también el gas de la risa. Bonito trato al paciente. Podrías, al menos, haber explicado primero lo que estabas haciendo. Pensó Lauren enfadada. ¿Necesitarían usar el… (tragó saliva)… el láser para extraer una muela? Ella creyó que no era necesario, y con ese autoconvencimiento empezó a notar como su rígido y dolorido cuerpo se iba relajando.

—Sostén esto.— El dentista soltó los dedos de Lauren de uno de los apoyabrazos y le colocó la mano sobre la mascarilla. —Estaré de vuelta en un minuto y solucionaremos tu problema. ¿Te gustaría ver la televisión mientras esperas?

Lauren asintió agradecida. Haría lo que fuera para mantener su mente alejada de lo que estaba apunto de suceder.

—Televisión encendida.— ordenó el dentista. Tres cajas grises muy pequeñas y planas, cada una situada estratégicamente en diferentes paredes, soltaron rayos que, combinados, formaron una impresionante escena en tres dimensiones cuyos límites se fundían y dispersaban en la realidad. Ahora, ocupando la esquina de la consulta, había un guapo y atractivo presentador. Su mesa la rodeaba una gran pancarta en la que ponía en letras rojas, azules y blancas: elecciones 2020.

Lauren se quejó pero era demasiado tarde, el Dr. Cardozo ya había abandonado la habitación, presumiblemente para atender a su nueva víctima. Irritada, se quitó la máscara e intento dar el comando de voz "cambiar de canal", pero el actual estado de su boca lo hizo imposible. Sus esfuerzos sirvieron solo para que la saliva se saliera de su boca y chorreara sobre su barbilla. Intentó maldecir la situación, pero tampoco funcionó, lo que la hizo intentarlo aún más. Al final se rindió y volvió a colocarse la mascarilla. Inhaló profundamente y rezó para que en un minuto estuviera tan colocada que echara de menos a ese presentador, imitador de Ken, hablando sobre la Presidenta electa Marlowe.

La sintonía de las elecciones finalizó y, en un abrir y cerrar de ojos, Devlyn Marlowe, situada en un podio en la puerta de la Mansión del Gobernador en Columbus, Ohio, estaba a los pies de Lauren. Una brisa de final de otoño alborotó levemente el pelo oscuro de la Presidenta electa, y sus ojos azules brillaban intensamente mientras miraba fijamente a la alegre multitud.

—¡Oh, Dios!— ¡Ella otra vez no! Todos los días. Un día detrás de otro, y otro, y otro… El murmullo de la gente aumentó, y Lauren sintió como su cuerpo se hundía en la silla a la vez que una agradable sensación de abandono se apoderó de ella. Lauren estaba frente al holograma de esa carismática mujer, que llevaba un largo impermeable negro y parecía ignorar la ligera llovizna que empapaba su cabeza y su ropa.

—¿Cómo se encuentra, Srta. Strayer?— El Dr. Cardozo reapareció a su lado y ella le miró atontada. No le había escuchado entrar. Él la miró y sonrió sabiendo perfectamente que en ese momento ella no sentía nada de dolor. —Creo que hemos terminado con esto ya.— El hombre le quitó la mascarilla a Lauren amablemente. —¿No la adoras?— dijo apuntando sobre su hombro con una de sus herramientas.

Lauren frunció el ceño. ¿Adorarla? Nooooooo. Estoy harta de ella y de estas elecciones. Lauren dejó que el discurso de aceptación del cargo, la envolviera, haciendo que el tono tranquilo de la mujer de pelo negro la llevara lejos. Pero incluso en ese momento, no podía apartar los ojos de la imagen de Marlowe. Tiene una mirada tranquila. Bonito pelo, alta, su mente divagaba mientras el dentista empezó a trabajar en su boca.

Al cabo de un rato, el dentista empezó a regar con agua la boca de Lauren para succionarla después. El ruido del aspirador le impidió oír la televisión. —Subir volumen dos rayas.— ordenó ausentemente.

Lauren se sobresaltó un poco, en el momento en que la voz de Marlowe subió demasiado como para poder ignorarla.

Devlyn Marlowe se inclinó sobre el púlpito, sus manos apoyadas en los bordes. Aunque físicamente se le notaba cansada por lo que había sido una agotadora campaña, cuyos resultados finales fueron los más apretados desde el fiasco Gore/Bush 20 años atrás, se alimentó de la energía de la multitud, levantando aún más su excitación. —¡Lo conseguimos!— Levantó un puño en señal de victoria y la multitud rugió.

La Presidenta electa sonrió cálidamente, acto seguido levantó sus manos para calmarlos de modo que ella pudiera continuar. Devlyn miró y dirigió a alguien entre la multitud, una sonrisa capaz de provocar un infarto. Lauren soltó un suspiro; su estado de estupor inducido le hizo sentir que Devlyn estaba sonriéndole directamente a ella. Wow.

La mirada fija de Marlowe se apartó de la de Lauren. Metió sus manos mojadas en los bolsillos de su abrigo mientras bajaba varios escalones para poder hablar más directamente a la multitud. Una agitada actividad alrededor de ella le dejó claro que ese movimiento era inesperado para los agentes del Servicio Secreto que vigilaban todos sus pasos. Varios de ellos se pusieron sin ningún problema en una posición nueva justo antes de volver a desaparecer. —Como una de mis autoras favoritas escribió cuando nos enfrentemos ante lo que parece un reto inabarcable, solo tienes una elección… excavar dentro de ti más hondo de lo que nunca creíste posible… para cuestionar la dedicación y el esfuerzo de lo más profundo de tu ser… entonces arrojar la cautela al viento y agarrar tu destino con tus propias manos.

Lauren empezó a ahogarse, jadeando en busca de aire, sus manos golpearon la bandeja del instrumental haciendo que varias herramientas cayeran sobre sus piernas. ¡Oh, Dios mío!

La multitud, que se había quedado en silencio respetuosamente, explotó una vez más cuando Devlyn añadió —Eso es lo que hicimos, amigos… ¡Y hemos hecho historia al conseguirlo!— Su voz quedó camuflada por la vitoreante multitud. El presentador interrumpió para añadir su propio comentario.

—¡Maldita sea!— El Dr. Cardozo patosamente sacó su mano de la boca de la convulsionada mujer, cuyos dientes estaban atrapados entre los ensangrentados hierros de los forceps. Gracias a Dios que no se lo ha tragado. Mi seguro es una mierda. —¿Qué le pasa? ¿Le duele?

—¡Ci… Ci… Ci…!

—¿Qué? ¿Qué?— Preguntó desesperadamente, empezando a sentir pánico debido al agitado estado de Lauren. A lo mejor lo iba a demandar. El doctor, prácticamente, lanzó los forceps hacia la bandeja de al lado, haciendo que la muela del juicio de Lauren cayera brincando por la alfombra.

Sin avisar, la mujer se inclinó sobre la pequeña palangana de porcelana y escupió el sostenedor de mandíbula. Sus labios estaban dormidos y apenas podía formar las palabras. —Ci… Ci… — Tragó saliva y golpeó con sus manos sus mejillas y labios.

—Señor ten piedad. Niña, ¿Qué te pasa?

Lauren apuntó con su dedo a la figura del presentador, el cual aún estaba hablando felizmente. Una foto de Devlyn apareció sobre él cuando aparecieron los porcentajes.

—Ella… Ella… me…

El Dr. Cardozo la miraba expectante.

—¡Ella me ha citado!— Lauren, finalmente, fue capaz de soltarlo. Frunció el ceño y se secó un hilo de saliva que colgaba de su barbilla.

El dentista se rascó la cabeza, empezando a sospechar que la revelación de Lauren no tenía nada que ver con la odontología. —¿Huhh?

Lauren parpadeó confundida, el gas de la risa estaba haciendo que sintiera la lengua gruesa y sus sentidos torpes. —Yo soy la… la autora.— Pasó su mano por su ondulado pelo rubio, el cual le llegaba por el hombro. —Dios mío,— dijo arrastrando las palabras y pudiendo hacerlas comprensibles finalmente. —¡Si ni siquiera voté por esa Yankee!

La apreciación de algo de color le llamó la atención, y Lauren de repente miró su babero de papel, el cual estaba lleno de puntos rojos y varias manchas de color carmesí de considerable tamaño. Sus ojos se abrieron como platos y el color abandonó su cara. —¿Eso es san… sang?

—Sangre.— El Dr. Cardozo terminó la frase, mirando a Lauren, la cual se había desmayado en el sillón. —Mierda.— Paseaba alrededor de la mujer inconsciente. Se dirigió hacia la puerta y le hizo una seña a la recepcionista. —Necesito un número de teléfono…

La recepcionista se asomó a la habitación. —¿Tu abogado?

—Mi abogado.— confirmó frunciendo el ceño.

***

Lauren se acercó al aparcamiento designado para ella en el exterior del complejo donde se encontraba su apartamento. Apagó el motor con el comando de voz "apagar motor" seguido de "4213" que no era otra cosa que los cuatro últimos dígitos de su número de la seguridad social. En un esfuerzo por hacer su vida más sencilla, usaba esos mismos cuatro números para cada código que necesitaba, sabiendo también que cualquier ladrón con un mínimo de actividad cerebral podría limpiarla económicamente en un abrir y cerrar de ojos. Pero de este modo, afirmaba Lauren, nunca se había quedado fuera de su apartamento o había mandado su lista de la verdulería a la compañía de teléfono. Lo simple era lo mejor, pensó.

La mujer de pelo claro se quitó unas gafas de montura al aire pequeñas y plateadas y se inclinó, apoyando su cabeza contra el volante. Después de haberse despertando en la clínica del dentista, le había llevado casi treinta minutos convencer al hombre de que no lo iba a denunciar. Ella explicó que el desmayo era su típica reacción ante la visión de su propia sangre. Nada como hacer la tonta completamente para empezar el día con buen pie.

Lauren gruñó levemente, sentía la mandíbula como si hubiera sido golpeada por un boxeador. Sacó de su bolsillo una pequeña botella de pastillas que le había ordenado el dentista y que ella había comprado de vuelta a casa. Observó la etiqueta con los ojos entornados, después sacudió la cabeza y se volvió a colocar las gafas. ¡Tres horas más hasta que pueda tomarme otra. Perfecto! Se sintió como si fuera a explotar en cualquier momento.

Devolviendo el frasco a su bolsillo, salió del coche y despacio se dirigió hacia la puerta de la escalera donde estaba su apartamento. Vivía en un segundo piso. Con una mano cerró las solapas de su chaqueta de ante huyendo del frío. Noviembre en Nashville siempre era impredecible. La mayoría del tiempo llovía; a veces incluso había grandes tormentas. La semana pasada la temperatura había sido muy suave, 25 grados, y ella había salido con su ordenador al balcón ante el cálido sol de la tarde. En contraste, hoy, la temperatura era de 3 ºC, y nubes de lluvia cubrían el cielo. El aire frío parecía intensificar el dolor de mandíbula.

Ella giro una esquina que la conducía hasta su apartamento, mientras buscaba en su bolso las llaves que. Cuando levantó la vista, se paró repentinamente. Tres hombres tiritando ligeramente, dos vestidos con trajes y otro de sport, parecían estar esperándola en la puerta de su apartamento.

El más mayor de los tres, un hombre de complexión fuerte, en sus cincuenta y tantos, con un atisbo de barba grisácea, captó la atención de Lauren. Esta se relajó visiblemente. —¡Lauren! Me alegro de que te hayamos pillado. Intenté llamarte, pero siempre me saltaba el contestador…

Lauren cambió la cara a la vez que entornaba sus ojos. —¿Wayne?— ¿Mi agente de publicidad? ¿De Nueva York? ¿Aquí? Ellos se habían visto cientos de veces por medio de video conferencias vía satélite, pero nunca, en siete años de trabajo juntos, se habían encontrado cara a cara. Era más bajo de lo que ella había imaginado, pero su imagen virtual había retratado con mucha precisión su gordinflona cara, sus arrugadas mejillas y su personalidad paternalista.

—¡Maldita sea! Necesito ajustar el color de mi aparato. Tú eres más tirando a rubia que pelirroja.— Sus ojos parpadearon felizmente. —Hola cariño, Oooo… — rozó con sus dedos su mejilla que se había tornado de un color negro azulado.

Ella le sonrió tanto como su boca, llena de algodones, le permitió. Su manera de hablar rápida y nasal y su acento de Nueva York, parecían mucho más pronunciados en persona.

Él le devolvió la sonrisa y de pronto se vio atrapado en un gran y sentido abrazo, deseando, como lo había hecho tantas veces a lo largo de los años, haber sido lo suficientemente joven para enamorar a esa guapa mujer.

Lauren percibió un olorcillo a menta, y un ligero sonido cerca de su oreja le confirmó que Wayne estaba masticando un duro caramelo. —¿Qué haces aquí?— Le preguntó curiosamente. —Te mandé las revisiones de esos contratos hace tres días. No era necesario que vinieras para eso.—. Ella le golpeó en el brazo levemente.

Recordando que había dos extraños plantados solo a unos metros de ella, la mirada de Lauren viajó hacia esos dos hombres, los cuales vestían un traje de tres piezas de color azul marino y una gabardina gris. Ella dejó de hablar, acercó los labios contra la oreja congelada de Wayne y le susurró, —¡Te dije que no iba a hacer la biografía de Vinnie Lagulia! No me importa si está encerrado en una cárcel federal sin nada mejor que hacer. ¡No trabajo para la mafia!

—Está bromeando.— Exclamó Wayne, mirando a los hombres. —¡Por supuesto que está bromeando!— Amablemente cogió del codo a Lauren y nerviosamente la guió hacia la puerta. —Si nos dejas entrar, haré las presentaciones. ¡Tengo unas noticias estupendas!

***

—No…

La mandíbula de Wayne cayó por completo. —¿No?— repitió incrédulo. Maldita sea, ¿Qué le pasa? ¡No va a haber nada mejor que esto! —¿Qué quieres decir con el "no"?

Arqueando una ceja, Lauren se cruzó de brazos. —Es una palabra muy simple, Wayne. No me hagas traerte un diccionario.— Antes de que Wayne pudiera argumentar contra eso, ella se dio la vuelta, cogió los abrigos de los otros dos hombres y se los dio.

—Por favor, hacer saber a la Presidenta electa Marlowe que me siento muy halagada por su interés en que escriba su biografía. Pero me temo que voy a tener que declinar la oferta. Siento que hayáis venido a Nashville para nada. Os lo habría dicho por teléfono.

Michael Oaks, uno de los ayudantes en los que más confiaba Devlyn y pronto su Secretario Social para la nueva administración, estrechó de mala gana la mano de Lauren. Estaba bastante cabreado por haber tenido que volar desde Ohio hasta Nueva York y después hasta Tennesse, sólo para ver como esa jovencita declinaba su oferta en cinco minutos. Hasta donde él llegaba, Devlyn podía encontrar otra escritora… Tendría que haber una docena.

Pero Michael sabía que su jefa esperaba de él que le diera a Strayer un gran motivo, no importaba como se sintiera él sobre eso. Sus ojos oscuros se volvieron más serios. —¿Por qué, Sra. Strayer? ¿Por qué no considerará la oferta de la Presidente electa Marlowe? Es un honor incomparable. Seguramente usted no tendrá ninguna oferta mejor pendiente… — Miró a Wayne, quien movió la cabeza en gesto negativo.

La escritora sonrió dulcemente y trató lo mejor que pudo sostener su lengua. Honor, una mierda. Este es uno de esos trabajos en los que ellos te dicen qué escribir, y luego imprimen tu nombre en la portada del libro. No, gracias… Ella podía encontrarse solita otra marioneta de propaganda. —Simplemente, no estoy interesada… — Su tono era educado, pero se enfriaba por momentos.

—La oferta de compensación es más que generosa, pero aún es negociable. Nosotros consultamos a varias de las mejores compañías de publicidad, las cuales indicaron que lo que ofrecíamos estaba bastante por encima de lo que ellos pagaban a sus equipos de historiadores y biógrafos…

—Estoy segura que así es. Pero la respuesta sigue siendo "no" —insistió. No respondo bien cuando se es agresivo, amigo. Y tú acabas de cruzar esa línea.

El joven hombre negro lo intentó de nuevo. —Pero…

Lauren levantó sus manos deteniéndolo. —Primero de todo, no estoy especializada en políticos.

—Si no me equivoco, su última biografía fue sobre el Cardenal James O'Roarke. ¿Va usted a quedarse ahí plantada diciéndome que la Iglesia Católica no es una institución política?— Su voz iba aumentando de volumen, y al final había tomado un tono irónico.

Lauren sintió como su mal humor empezaba a despertar. ¿Quién se creía ese tipo que era? El hombre que estaba al lado de él, que debería haber llegado tatuado en su frente "Servicio secreto, se acercó a ella invadiendo su espacio personal y mirándola con ojos desaprobadores. Pero ella se negó a dejarse avasallar. ¿Se supone que debo sentirme intimidada por "el sin cuello'? Creo que no. ¡Ya veo como trabajas, Devlyn Marlowe! —Sólo he estado en casa unos cuantos meses, después de pasar casi dos años en Irlanda y el Vaticano, escribiendo la historia del Cardenal. Simplemente no estoy preparada de involucrarme en un trabajo que durará como mínimo cuatro años.

—Es importante para la nación que… — El Sr. Oaks continuó, no deteniéndose cuando Lauren intentó tomar la palabra varias veces.

Wayne notó que la cara de la mujer se estaba poniendo rosa, para, finalmente, volverse rojo fuerte. Masticó su nuevo caramelo nerviosamente. Oh, no. Aquí lo tenemos. ¡Hacienda va a auditar a Producciones Starlight y a mí personalmente, todos los años desde este momento hasta el fin de nuestros días! —Lauren, por favor. Sé que tenías tu corazón puesto en la historia de Maya Angelou. Pero esto es para la Presidenta de los Estados Unidos, ¡por el amor de Dios!

—No significa, no.— Lauren contuvo todo lo que pudo su mal humor. Se dirigió hacia la puerta. Automáticamente la abrió y mientras con un brazo sujetaba a su Dogo, Gremnlin, añadió —Esta conversación ha terminado.

Domingo, 8 de noviembre

El coche aminoró la marcha. De hecho, la mayoría de coches lo hicieron. Para un observador casual, podrían haber sido confundidos por una procesión familiar que llevaba los restos de alguien querido. Y, si no hubiera sido por la identidad de una de las personas del tercer coche, podría haber sido verdad. Antes de que el coche se detuviera completamente, unos hombres con traje oscuro lo rodearon; los hombres estaban protegiendo la vida de la Presidenta electa. Con un rápido, pero efectivo chequeo, la zona parecía completamente segura, y dos largas piernas aparecieron por detrás de uno de los coches. Devlyn Marlowe bajó del coche.

La Presidenta se inclinó, habló a uno de los otros ocupantes y cogió un ramo de rosas antes que de dirigirse despacio hacia una de las lápidas que estaban a unos metros de allí. Los hombres asignados a protegerla dudaban, pero fueron extremadamente respetuosos de su privacidad, manteniéndose tan alejados como la seguridad les permitía. Devlyn se ajusto la bufanda y se levantó las solapas del abrigo. Dev se llevó las rosas a la nariz, pero mucho de su dulce aroma fue borrado por el frío viento de otoño.

Se sentó enfrente de la lápida. La húmeda hierba mojó los bajos de su ropa. Devlyn puso las flores en un jarrón de barro que estaba pegado al mármol y quitó unas cuantas hojas que se habían depositado alrededor de la tumba. —Hola preciosa. Tenía que venir hoy porque la situación se va a poner difícil para mí muy pronto.— Dev soltó una ligera sonrisa a la vez que intentaba estudiar una hoja naranja que tenía en sus manos. —¿A quién estoy intentado engañar? La situación ya se ha puesto difícil para mí.

Dev soltó la hoja y miró como el viento se la llevaba. Se inclinó hacia delante de modo que sus dedos pudieran trazar las líneas que formaban las letras grabadas en la lápida. —Te hecho de menos. A veces, por la noche, todavía me despierto y te busco… — Sonrió y dejó caer su mano. —He estado pensando mucho sobre ti últimamente. Yo no estaría donde estoy si no hubiera sido por ti. Ojalá pudiéramos estar juntas ahora.

Su sonrisa se tornó melancólica. —Habrías sido una formidable Primera Dama.— Dev se desplomó sobre su trasero, descansando con las piernas cruzadas delante de ella. —Me pregunto cómo lo hubiera llevado la gente. Al menos pienso que te habrían llamado Primera Dama.— Sonrió, sacudiendo la cabeza. —No importa, tu fuiste, y siempre serás, mi primera dama, y eso es lo que importa.

—No creo que vuelva, Samantha, Traeré a los niños, por supuesto. Cuando ellos quieran.— Añadió. —Pero creo… Que yo… necesito intentar centrarme en el futuro por un tiempo… — Permaneció en silencio durante un largo momento, escuchando el leve susurro del viento y el sonido de los coches en la distancia. —Sí.— sonrió y afirmó. —Sabía que lo entenderías.

Dev se volvió hacia la comitiva e hizo una señal. Uno de los agentes abrió la puerta del coche de Dev, y tres niños pequeños bajaron. Ashley, una niña morena de siete años, esperó pacientemente a que sus hermanos pequeños bajaran del coche para cogerles de la mano.

La alta mujer sonrió afectuosamente mientras los niños se acercaban a ella. Se volvió hacia la tumba. —Estarías orgullosa de ellos. Son muy especiales. Aaron tiene una foto tuya en su mesilla de noche. Te besa cada noche antes de acostarse.— Su voz tembló un poco mientras hablaba. —He hecho lo posible para que te conozcan. Ellos conocen a sus dos mamás.— Sonrió —Ashley, Dios la bendiga, ha aprendido a entornarme los ojos como tu solías hacerme.

Los niños se unieron a ella y Aaron, el más pequeño con cuatro años, se sentó en las piernas de Dev abrazándose a su cuello. Mientras, los dos mayores pusieron dos pequeños ramos de flores en el césped, justo delante de la tumba.

—Hola mami.— Ashley saludó dulcemente, sentándose al estilo indio. —Me he sacado un 6 en Matemáticas. Mamá dice que estoy mejorando mucho en las mates…

En un impulso, Christopher, de 5 años, le dio al frío mármol un beso, después acompañó a su hermano sentándose en las piernas de Dev. Con 5 años, el niño rubio era con diferencia el más tranquilo de los tres. Ashley y Aaron se tomaban las visitas mensuales como algo normal. Pero Christopher, parecía pasarlo muy mal, como Dev, pero nunca se quejaba. Ella se preguntaba si debía de dejar de traerlo.

Sin embargo, Devlyn sabía que era importante hacer que esos maravillosos niños comprendieran que tenían dos madres que los querían mucho. Incluso cuando una de ellas había sido apartada cruelmente de su lado por un conductor borracho unas semanas después de que Aaron naciera. A Devlyn le dolía en el alma que ninguno de ellos pudiera recordar mucho sobre Samantha. Solo Ashley parecía tener algunos leves recuerdos. Pero Dev no estaba segura de si esos recuerdos eran reales o eran producto de sus fotos familiares.

La familia pasó unos cuantos minutos más juntos, después la Presidenta electa mandó a los niños de vuelta al coche. Se levantó inclinándose sobre la lápida para depositar un beso en ella, tal y como había hecho su hijo. —Te quiero Samantha. Siempre estarás en mis oraciones.— Respiró profundamente y se volvió al coche. No lloró mientras se dirigía hacia el vehículo y supo que eso era una buena señal.

***

Devlyn se sentó en su silla acolchada en una de las puntas de la mesa, la acompañaban los niños y su niñera. Emma era un regalo de Dios. Samantha la había contratado justo después de que Devlyn tuviera a Ashley. Y había estado ahí para echar una mano cuando Samantha tuvo a Christopher y a Aaron. La carrera de Dev la mantenía tan ocupada que nunca parecía tanto tiempo para pasar con los niños como a ella le hubiera gustado. Emma había ayudado aún mucho más después de la muerte de Samantha y Devlyn no estaba segura de qué les habría pasado a los niños o a ella sin Emma.

Emma Drysdale era exactamente lo que tu buscarías en una niñera. Dedicada y cariñosa. Su sonrisa generosa y su corazón eran apreciados por todos los que la conocían. Era una mujer delgada, con una gran personalidad, anchas caderas y pechos de matrona. Tenía una espesa cabellera de color gris plateado, y estaba más inclinada a dar abrazos que a regañar. Emma era más una abuela para los niños que una empleada. Eso le gustaba a Devlyn. Ella era una más de la familia, y sus enfados eran casi tan legendarios como sus galletas de chocolate.

—Ni pienses que te vas a levantar de la mesa hasta que te haya comido todo lo que hay en el plato.

Dev miró a los niños preguntándose quién era el problema. Después miró su propio plato y supo quién estaba metida un lío. —Estoy comiendo, Emma.— Protestó si ningún resultado.

—Estás demasiado delgada.— dijo Emma mientras tocaba un osudo hombro. —Y no estás comiendo. Estás esparciendo la comida para que parezca que comes.— Emma levantó una ceja, mirando a Dev, para luego dirigir una mirada a los niños… — No querrás dar una mala impresión a tus hijos ¿verdad?

—Sabes, —Dev pinchó un trozo de espárrago —odio cuando haces eso.

—Lo sé.— asintió la niñera mientras rellenaba de leche el vaso de Aaron. —Por eso lo hago.

—Siéntate Emma.— se quejó… — Los niños están bien. Come tú.— Dev sacudió su cabeza y se dejó caer sobre la silla. Sabía que su protesta sería ignorada esta noche, como todas las demás.

Ashley se rió y dirigió sus grandes ojos marrones hacia su madre… — Mama.

—¿Sí, cariño?— Dev decidió hacer un esfuerzo y comerse su cena, aunque estaba tan cansada que lo único que le apetecía era irse a la cama.

—¿Tiene que venir ella mañana conmigo al Zoo?

—¿Huh?— Dev intentó estrujarse la cabeza para saber quién era "ella". —Ah, quieres decir la Agente Hamlin.

Ashley frunció el ceño y Devlyn se sorprendió al verse reflejada tan claramente en ese gesto de su hija.

—Tomaré eso por un sí. Me temo que sí cariño.

La niña, muy enfadada, estrujó con el tenedor el río de lava en que se habían convertido sus Mashed Potatoes. —Ninguno de los otros niños llevan.

—Lo sé, cariño. Pero… Mira te diré una cosa, le diremos que se ponga unos vaqueros y una sudadera ¿vale?

Ashley lo pensó por un momento. Eso no estaría mal. —De acuerdo.

Christopher y Aaron pararon de comer para escuchar atentamente esa conversación.

Ellos también tenían guardaespaldas.

—De todas formas, debes acostúmbrate a la Agente Hamilton e intentar hacerte amiga suya. Probablemente va a estar contigo los próximos cuatro años.

—¿Y qué pasa con Amy?

—Mira, Moppet. Amy era de la Policía Estatal. Ella te cuidaba antes de que yo fuera elegida presidente. Ahora va a ser un agente del Servicio Secreto, y esa agente es Hamlin.— Golpeó la mano de la niña y notó que Chritopher y Aaron no parecían mucho más entusiasmados a ese respecto que Ashley. Su mirada se suavizó y sonrió. —Os llegará a gustar tanto como Amy. Estoy segura de eso.

—Vale.— Murmuró la niña.

—Mama ¿puedo ir al zoo también?— Preguntó directamente Christopher… — Yo quiero ir al zoo.

—Estoy segura de eso, colega, pero esto es una excursión de la clase de Moppet.— Ella le cogió de las manos. —Pero te diré una cosa. Intentaré programar una excursión para ti y para Aaron, ¿vale?

—Síi.— Gritaron simultáneamente Aaron y Chris. Los hermanos chocaron los cinco. Desafortunadamente, Aaron era demasiado bajo y acabó chocando en la cara de Chris. Este inmediatamente se lo devolvió y a continuación comenzó una mini-guerra de golpes con los niños gritando y riendo.

—Venga. Hora de irse a la cama.— Emma se levantó de su sitió al final de la mesa y empezó a conducir a los niños hacia las escaleras.

Dev se levanto también pero se volvió a sentar cuando la mujer mayor la miró desaprobatoriamente.

—Soy la Presidenta electa ¿sabes?— protestó la alta mujer con un falso enfado.

—Ohh, sí, sí, sí. Estoy muy impresionada, Señora Presidenta electa.— Emma apuntó al plato. —Ahora comete tu cena.

—¿Voy a hacer alguna vez algo que te impresione?— Le preguntó a la mujer que se retiraba.

—Ya lo has hecho. Sus nombres son Ashley, Christopher y Aaron. Ahora come.

***

Quedaban aún cerca de tres horas para que Dev terminara el día y esta se dirigía a su habitación. Un ayudante la paró por el camino.

—Gobernadora.

Ella dejó caer su cabeza —¿Sí?

—El Servicio Secreto le acaba de traer un archivo. Dijeron que usted lo quería inmediatamente.

Es solo un archivo, ¡Dios! Podré irme a la cama esta noche. —Gracias.— Lo cogió y observó el índice rápidamente. —Strayer, Lauren Anna. Lauren no Loren, ehh. Me había figurado que "L. Strayer" tenía que ser una mujer. La imagen que ella tenía en mi cabeza…

—¿Gobernadora?

—Oh, nada. Lo siento. Buenas noches.

—Buenas noches, señora.

Devlyn se dirigió hacia la habitación de Ashley primero. Era la típica habitación de niña. Llena de animales de peluche, casas de muñeca y todos los accesorios. Sólo la pequeña cama de dosel le servía a Dev para recordarle lo preciosa que era su hija mayor.

—Hola Moppet.— susurró en la oscuridad. —¿Estás dormida ya?

—No, señora.— La niña se giró, sus ojos oscuros brillaban ante la tenue luz proveniente del pasillo.

La mujer alta se sentó en la cama, manteniendo el archivo entre sus brazos. Observó a su hija, ordenando los alborotados mechones que caían sobre su cara. —Sé que no entiendes todo lo que está pasando, y te da un poco de miedo.

Ashley asintió.

—Pero necesito que confíes en mí, ¿Vale? Todo esto es algo bueno.

—Mi profesora dice que tu vas a ser la mujer más poderosa del mundo. ¿Es verdad?

Unos ojos claros y asombrados parpadearon. —Bueno…

—¿Incluso más poderosa que Wonder woman?— Saltó la niña en la cama.

Dev miró los asombrados ojos marrones de su hija. —No. Ni hablar. Wonder Woman patearía mi trasero. Además ella tiene ese avión invisible tan grande.— le recordó Dev, a la vez que le daba un amistoso cachete en la barriga.

Ashley asintió. —Y el lazo de oro.

—Es verdad.— Suavemente recostó de nuevo a su hija hasta que sus hombros se hundieron en la blanda almohada. Después se inclinó y frotaron la nariz. —Pero confías en mí… ¿Verdad, Moppet?

—Siempre y para siempre, mamá.— Unos pequeños brazos se cerraron fuertemente alrededor de su cuello.

Sostuvieron el abrazo durante un largo rato. —¿Le deseaste buenas noches a mami?

—Sí señora. Justo después de mis oraciones.

—Buena chica.

—La hechas mucho de menos ¿verdad?

Devlyn frunció el ceño. Hoy en el cementerio lo había pasado muy mal, y su astuta hija, obviamente, se había dado cuenta. Había estado intentando despedirse de Samantha durante tres años. Ella no era buena para las despedidas, especialmente cuando se trataba de gente a la que quería. —Por supuesto.

El gesto de Ashley se tornó pensativo. —Quizás algún día nos encuentres una nueva mami.

Un nudo se formó en la garganta de Dev. Le llevó varios segundos poder contestar a su hija. —Quizás, Moppet.— concluyó dudosa. —Pero tu mami era muy especial. Yo la quería mucho.

—Y yo… creo.

Arropó a su hija muy cariñosamente. —Por supuesto que la querías, y mami lo sabía. Te lo aseguro.

Ashley bostezó —¿Crees que ella esta sola, como tú?

Las inocentes palabras de la niña se clavaron en el corazón de Dev y sintió como empezaban a salirle las lágrimas. —No, cariño. Ella es feliz en el cielo, con el abuelo y la abuela. Ella nunca está sola…

—Vale.— sus ojos somnolientos se iban cerrando.

Dev besó a su hija en la frente. —Te quiero, Ash.— Dijo suavemente, viendo como la respiración de la niña se volvía más profunda. —Dulces sueños.—. De camino a la puerta de la habitación encendió la lamparilla de noche, que inundó la habitación de un leve resplandor azul.

A continuación, Dev entró silenciosamente en la habitación que los chicos compartían y donde ellos yacían dormidos en unas camas que imitaban la forma de unos coches de carreras. Se arrodilló entro las dos camas y sintió como las lágrimas le salían sin control. Estos niños, con el pelo rubio y los ojos azules, eran la viva imagen de la mujer que les dio la vida. Y ahora ninguno de ellos conocerían a la madre que tanto los quiso.

—Maldita sea, Samantha.— murmuró. Dev golpeó enfadada sus pies. —¿Cómo pudiste dejarnos?— Cubrió su cara con unas temblorosas manos, avergonzada de su pérdida de control. Se secó las lágrimas. —Lo siento, no quería decir eso.— La cansada mujer controló las lágrimas, apartando la última de ellas con el puño de la camiseta. —Te quiero, no quería decir eso.

Se levantó y besó a los niños en la mejilla. —Que tengáis muchas aventuras esta noche en vuestros sueños. Os quiero…

Cerró la puerta suavemente y se dirigió a su habitación. Dejó el archivo en su escritorio, al lado de la chimenea. Allí la maternal niñera le había dejado un sándwich y un vaso de leche para que se lo tomara antes de acostarse.

Sonrió y dio un sorbo al vaso de leche. Después mordió la tostada y añadió —Gracias Emma Drysdale, no superaría estos días y noches sin tu ayuda.— Se inclinó para abrir y ojear el archivo mientras degustaba su tentempié.

—Bueno, bueno, Lauren Strayer. ¡Qué guapa eres!— Había varias fotos de la joven mujer. Dev sostenía una tomada sin que la protagonista se diera cuenta. Lauren estaba en el parque paseando con su perro. La rubia llevaba una gorra de béisbol y el pelo recogido en una coleta. Vestía unos pantalones de chándal color gris y una sudadera naranja y blanca de la Universidad de Tennesse. Se estaba riendo. Tenía el brazo totalmente extendido de modo que parecía que la pequeña fiera la estaba paseando a ella.

Dev comprobó la fecha en el reverso de la foto y confirmó que fue sacada hacía un par de semanas. Pasó a la siguiente foto. En esta Lauren llevaba un traje de lino, con una falda que acababa unos par de centímetros por encima de la rodilla. La ropa más sofisticada la hacía parecer más mayor. La chaqueta del traje estaba sobre los hombros de Lauren y debajo de ella aparecían unos brazos bastante morenos. Llevaba también una blusa rosa de seda. Bajaba las escaleras de un edificio de oficinas y hablaba con una mujer que iba a su lado. En los labios de Dev se dibujó una sonrisa. Se pasó un buen rato disfrutando de las imágenes de esa hermosa mujer de devastadores ojos grises y hermosa sonrisa, capaz de derretir un iceberg.

La Presidenta electa cogió la última fotografía que, obviamente, era la del carnet de conducir de Lauren. Torció el gesto a la vez que apretaba un botón de su escritorio. El silencio de la habitación quedó truncado por un suave murmullo. Dev deslizó la foto por el corta-papeles que había situado en una de las esquinas de su escritorio. Sonrió satisfecha cuando comprobó que la foto quedó reducida a confetti.

Dejando el resto de las fotos cogió el reporte y empezó con los datos de su biografía. Las palabras empezaron a bailar por su cabeza. Cerró los ojos, sabiendo que aún le quedaban unas cuantas horas de trabajo por delante. Te dijeron que pasó la inspección de seguridad, Dev. El resto puede esperar hasta mañana.

—Bueno, Lauren Strayer, no necesito que ningún archivo me diga que necesito tu ayuda. Eso ya lo sabía yo.

Dev se terminó la leche, se comió el sándwich y se concentró en el reporte de las negociaciones con China. Finalmente, a eso de la medianoche se fue a dormir.

Lunes, 9 de noviembre

—¿No? ¿Qué significa "no"?— Dev firmó un documento y se lo entregó a un ayudante mientras otra estaba alrededor recordándole sus tres próximas citas.

Michael Oaks sacudió la cabeza, deseando poder decir a la Presidenta electa Marlowe lo que Lauren le había dicho el día anterior. —Ella no acepta la oferta, Dev. Es tan simple como eso.

Dev lo miró fríamente. —Nada es nunca "tan simple como eso". Y tú lo sabes.— Dev asintió a su secretaria, la cual estaba en el despacho anotando las peticiones de café de los empleados. —¿Por qué no la acepta? No… — le dijo a la secretaria —Ese día no. ¿Podemos pasarlo al 21?

Michael tomó asiento al lado de la alta mujer. —Strayer me dio unas razones poco convincentes, pero creo que lo importante es que ella no está interesada en escribir tu biografía.

—Entonces tenemos que conseguir que se interese.

—Dev, ¿qué importa eso? Podemos conseguir a otra. Alguien mejor. Sé que adoras su trabajo, pero esa mujer ni siquiera te votó, ¡por el amor de Dios!

Eso llamó la atención de Dev y levantó la mirada de su agenda electrónica.

Su sonrisa desapareció de la cara. —¿Qué quiere decir que no me votó? ¿Por qué no?

Michael dio las gracias cuando le pusieron una taza de café delante. Hizo espacio en la mesa para depositar una pila de papeles. —¿No te has leído su reporte?— Preguntó mientras le acercaba a Dev su taza y él daba un sorbo de la suya.

—Lo ojeé.— dijo Dev mientras fruncía el ceño. Vale, de acuerdo, sólo miré sus fotos. Mierda…

—¿Jane?— Unos ojos azules escasearon la habitación.

—Aquí, Dev.— Jane, la secretaria personal de Dev, le entregó una carpeta.

Sus ojos se abrieron de par en par. —A veces me asustas, Jane. Lo sabes ¿verdad?

La regordeta mujer sonrió y le guiñó un ojo. —Después de 15 años, te conozco mejor que tú misma, Devlyn Marlowe.— Su sonrisa aumentó —¡Y no puedo esperar más para ser la Presidenta de los Estados Unidos!

La habitación estalló en carcajadas. Dev se unió al chiste —Y serás una maravillosa Presidenta. Y por favor, dame un puñetazo si me interpongo en tu camino.

Dev tomó un trago de café y cogió una tartaleta de mora de una bandeja. Abrió el archivo. ¿Quién eres, Lauren Strayer? ¿Y por qué me rechazaste? La habitación pareció desaparecer mientras ella se concentraba en las palabras del reporte.

Sujeto: Lauren Anna Strayer

Fecha de nacimiento: 4/7/1990

Altura: 1, 63 Peso: 55 kg Ojos: grises Pelo: rubio

Dev siguió empapándose la información. No hay nada importante en el historial medico, ningún historial criminal…

Estado civil: Divorciada (duración del matrimonio 24/1/2014 - 16/10/2017)

Familia: ningún hijo, ningún hermano, nada significativo. Padres: viven.

Sus pensamientos se detuvieron durante un momento. Parece muy sola.

Estudios: Licenciada en Historia, Máster en Literatura Inglesa, Universidad de Tennesse. Magna Cum Laude. Fecha de graduación: 05/05/2011

Devlyn sonrió cuando leyó sobre sus 11 multas de aparcamiento sin pagar en la ciudad de Nashville. Su mirada volvió a la foto que le había llamado la atención la noche anterior y sonrió de nuevo. Me pregunto cuál será el nombre de ese perro feo.

Cogió las últimas hojas del reporte para observar la información suplementaria que ella sabía que estaba ahí. Rápidamente observó la foto del ex-marido de Lauren, Judd Radison. Un arquitecto que vivía en Chicago y se había vuelto a casar dos meses después de su divorcio. Ahora tenía un niño de dos años y medio. Dev sacó cuentas y soltó una maldición. Asquerosa rata, bastardo. Decidió que se desharía de la fotografía más tarde.

Se extrañó cuando no encontró ninguna foto de los padres de Lauren, pero un detallado reporte indicaba que Howard Strayer era un fontanero retirado. Había sido miembro y fundador durante 45 años de la Union Steward. Procedencia demócrata. Nunca lo habría imaginado. Interesante. Anna Strayer era ama de casa. Había sido hospitalizada por depresión varias veces en los últimos diez años.

Cuando Dev apartó la vista de su lectura, diez minutos después, estaba sola en la sala de conferencias. Había tazas de café vacías por todos los sitios, platos de plástico por toda la habitación y, de pronto, notó un pitido intermitente que había sido programado para recordarle su primera cita. Su café se había quedado frío y apartó la taza con cara de asco.

Devlyn volvió a la primera página del reporte y descolgó el teléfono mientras daba un gran bocado a su tartaleta.

***

Lauren empezó a escarbar en su bolso hasta que finalmente encontró el pequeño espejo. —encender conducción automática. Destino número 12.4213.— Lauren apartó las manos del volante y empujó su asiento para atrás. Miró su reloj y vio que llegaba tarde. —Aumento de velocidad de 15 km/h. 4213.— Esperó el pitido de aviso —Aprobado el sobrepaso de velocidad obligatoria. 4213.

Levantando un pequeño espejo, empezó a pintarse los labios de un color muy suave. De repente su teléfono sonó asustándola y haciendo que se pintara la mejilla con el pintalabios. —Uyy.— Cogió una toallita y empezó a limpiarse la cara. Mientras el teléfono seguía sonando. Al quinto tono contestó —Hola.

—Hola.— era una voz femenina, fuerte y decidida —¿Es usted Lauren Strayer?

Lauren sostuvo el teléfono un poco alejado de su cara y se quedó mirándolo como si fuera la primera vez que lo viera. Conozco esa voz.

—¿Hola? ¿Srta Strayer?

Lauren volvió a pegarse el teléfono a la oreja, impresionada, a pesar de que no quería estarlo. —Sí… Soy Lauren Strayer